martes, 9 de mayo de 2017

Nuestro primer hogar: el vientre materno


¿Y cómo es este universo donde el bebé
está sumergido? ¿A que se asemeja? Thomas
Verny, psiquiatra pionero en el ámbito perinatal en
la década de los 80 nos acerca al mundo acuático
del bebé en gestación de una manera poética e
inspiradora:

"Mi universo es cálido, habito mientras me
conformo, en un útero dentro de un cuerpo
femenino, y percibo la vida desde ese lugar, mi
primera casa"

"Mi sentir primario se nutre en ese nido.
Ensayo mis movimientos y mi primera forma
acuática. Por mi cuerpo pasa el liquido amniótico,
como el mar, como todos los seres acuáticos estoy
a merced de las mareas"

"Mis ojos se abren y cierran. Mis dedos
aprenden a presionar y encuentran, a veces el
cordón, a veces la boca, y ensayo el movimiento
de succión. Nado y recorro cuando todavía es
posible, la geografía interna del útero y la
placenta"

"Habito los ritmos de la respiración, del
caminar de los encuentros amorosos de la luz y la
oscuridad que impactan en el cuerpo-casa. Abro y
cierro mis ojos... "

"Percibo ruidos, sonidos, red de sonidos,
pasaje de líquidos, alimentos, evacuación, voz
desde adentro, de mujer, desde el cuerpo-casa.
Voces, música y sonidos desde afuera"

"Me encuentro a veces acorralado por
fuertes tormentas emocionales, una consecuencia
de estar instalado en el centro energético del
cuerpo. Puedo vivir entre carcajadas y llantos,
entonces mi casa vibra en la alegría y en la pena, y
la vivencia de las emociones viscerales imprimen
mi primera historia" (*)

Como comunicarte con el bebé en el embarazo, Monica Manso

jueves, 18 de junio de 2015

Actividad para parejas gestantes


Método Frida Kaplan, Embarazo y Nacimiento Eutónico propone un aprendizaje en la observación del cuerpo, si bien el trabajo es corporal, la ampliación de la conciencia se produce en todas las áreas del ser.
  • El objetivo del Método es la aplicación de este aprendizaje durante el proceso de gestación para favorecer:
  • El Contacto con uno mismo.
  • El Contacto con la pareja.
  • El Contacto de ambos con el bebé.
  • La conciencia vivencial del espacio por donde pasará el bebé para nacer.
  • La participación del padre.
  • Aliviar zonas de dolor propias del embarazo.
  • Elevar el umbral del dolor.
  • El uso de la mirada interna.
  • Incorporar la emisión del sonido de la "O" que facilita la modificación del tono psíquico-físico.
  • Aprender a "pujar sonriendo"
Jueves 15 de junio - 19 hs
Con inscripción previa

lunes, 16 de junio de 2014

Un parto fisiológico

Un parto fisiológico es aquel en el que se ponen en marcha todos los mecanismos que la naturaleza tiene previstos para que nazca el bebé. En el parto fisiológico no existen las intervenciones médicas. Cuando el bebé y la madre comparten un embarazo saludable, el parto se inicia solo, transcurre solo y termina concretándose el nacimiento y posterior alumbramiento (se llama así a la expulsión de la placenta).
Podríamos decir que el parto tiene tres etapas: una fase inicial, una fase activa, y la fase final, que es el momento del nacimiento del bebé, llamada expulsiva. Durante la fase inicial suele perderse parte del tapón mucoso, pero también puede perderse antes, o después. A veces el trabajo de parto se inicia de repente, con la rotura de la bolsa de aguas.
La fase inicial es cuando comienzan las contracciones, pero estas contracciones no suelen ser dolorosas, ni tampoco demasiado rítmicas ni seguidas. Están, pero son “aburridas”. Pueden estar unos cuantos días, incluso. Su función es ablandar el cuello del útero. “calentar los motores”. En un parto fisiológico no se medican. En un parto que se supone será intervenido, sí: para detenerlas (“si se detienen es que no son las de parto”) porque se las considera de falsa alarma. No conviene detenerlas, sino observarlas. Mientras sigan siendo de esas características, sigue siendo la fase inicial. La fase activa es cuando inconfundiblemente las contracciones se organizaron. El útero “se puso las pilas”, se lo tomó en serio, la oxitocina producida por el hipotálamo de la mujer comienza a aumentar, y las contracciones también. En frecuencia y en intensidad.
Estas contracciones comienzan a percibirse más intensas, más dolorosas. Estas son las contracciones uterinas que llevaran a la dilatación del cuello del útero para que el bebé pueda salir. El dolor sin embargo dura lo que dura la contracción: un minuto. Luego el organismo se relaja y el hipotálamo provee la recompensa: Endorfinas. Se pone en marcha la compensación a la actividad uterina, con producciones cada vez más intensas también de esta sustancia que provoca un estado de “bienestar con conciencia alterada” en la mujer. La mujer “parte” al planeta parto. Ya no habla, no responde a las preguntas. Tampoco hay que hablarle. Solo estar atentos a sus gestos para brindarle lo que necesite: agua, algún trozo de fruta, algún toque suave para aliviarla, sostén para que pueda colgarse.
La mujer en este período busca la mejor posición para ella y su bebé. Optimiza sus energías al máximo para poder sobrellevar el momento. Por eso no habla, ni se ríe. Está totalmente introyectada, conectada con sus adentros. Si se logra mantener un clima de intimidad, oscuridad y bienestar en el ambiente, las contracciones quizá van a  doler, sí, pero la mujer tendrá su dosis de calmante propio para poder continuar. En este momento la corteza cerebral, la parte que se ocupa de las funciones propiamente humanas (pensar, calcular, recordar) se apaga y deja lugar a la acción del hipotálamo, una parte primitiva del cerebro, común a todos los mamíferos.
La mujer se comporta igual que otras hembras en trabajo de parto, necesita oscuridad, protección, silencio. Si estas condiciones se interrumpen, con situaciones interpretadas como peligrosas (diálogos innecesarios, interrogatorio, normales por ejemplo en un ingreso a un centro asistencial), el cerebro detiene la producción de endorfinas, y segrega otra sustancia: adrenalina, presente en estados de alerta. La fisiología interpreta que no es seguro parir y detiene el proceso. Si esto ocurre, es probable que las contracciones se tornen más dolorosas, o que incluso se detengan, a veces por completo.
Sin embargo, si se retoman esas condiciones, vuelve el trabajo de parto y se reinicia el proceso.
Cuando el cuello del útero se dilató por completo, las contracciones cambian. Se vuelven diferentes, y viene el reflejo de pujo.  Se podría describir como un deseo de empujar hacia fuera. Las contracciones ya no duelen. La mujer ya no teme que vengan, sino, que las desea, pues las ganas de empujar son irrefrenables. Está sacando a su bebé.
La mujer suele colocarse en posición cuclillas (conviene prepararse durante todo el embarazo para que el cuerpo responda en el parto), o en cuatro patas para mantener su comodidad y llevar a cabo la tarea con todo su cuerpo. La mujer espontáneamente jamás se acostaría de espaldas ni levantaría las piernas. Esa posición es horriblemente dolorosa y además riesgosa para su bebé, porque comprime la región aorta-cava, la fuente de sangre que va hacia su hijo.
La mujer entonces puja, cuando le viene el deseo, cuando viene la contracción. “Surfea” la contracción, haciendo fuerza sobre ella. (Puede suceder que el profesional que la asiste observa que puede desgarrarse, y le indica que aunque venga la contracción-pujo, no haga fuerza. La mujer puede entonces soplar muy seguido, y perder la fuerza “por arriba”, hasta que pase la cabecita del bebé. Una o dos contracciones-pujo). A veces sale primero la cabeza, y el bebé rota para que el cuerpo salga después. A veces sale todo el bebé entero, como una catarata.
La madre lo toma, y lo recibe en sus brazos. El cordón umbilical sigue latiendo, mandándole sangre al bebé, toda la que le corresponde. Cuando el cordón se detiene, el bebé ya comenzó a respirar solo, sus pulmones se expandieron, probablemente sollozó, el sentido de su circulación se invirtió, su corazón mutó. Todo eso, mientras recibía los últimos aluviones de sangre oxigenada por su madre, en brazos de ella. El bebé abre los ojos, y mira serio. Escudriña a su madre. La conoce. Es lo primero que ve en su vida. La impregna para siempre en su alma. El cordón dejó de latir, y puede cortarse. La placenta sale un momento después, sobre todo si el bebé se pone a mamar. Genera otro aluvión de oxitocina, pero este momento no duele en absoluto.
Listo.

viernes, 24 de junio de 2011

El sentido del limite en Yoga

…)Para hacernos entrega de este inapreciable regalo, el Hatha Yoga tiene que llevarnos constantemente a los confines mismos de nuestro ser, tanto físicos como mentales. Tiene que llevarnos a nuestro límite. ¿Y dónde está nuestro límite? En el punto de equilibrio entre demasiado e insuficiente. Desde el punto de vista físico, significa utilizar la plena capacidad de nuestro cuerpo en este momento; significa ni pasarse ni quedarse corto. Encontrar ese equilibrio requiere una sensibilidad sincera que puede desarrollarse mediante la práctica. Desde el punto de vista mental, significa estar dispuesto a mantener la postura el tiempo suficiente para que ésta dé su fruto. Significa no sucumbir a la prisa, la impetuosidad, la distracción, el aburrimiento, el miedo o a incertidumbre. Todo lo contrario: debemos desarrollar y usar claramente la conciencia de lo que está sucediendo en realidad. Entonces, salir de una determinada postura sucederá de modo espontáneo y sin esfuerzo. Es igualmente posible permanecer más tiempo del debido en una postura a voluntad, lo que puede suceder fácilmente si perdemos el sentido del límite. Si lo hacemos, nuestra energía empezará a disminuir y nuestra conciencia a disiparse. Hay un momento perfecto para pasar a otra cosa. Mediante el cultivo de una sensibilidad sincera, podemos aprender a responder a ese momento, dar por concluida la postura y salir de ella. No nos sirve de ayuda para conseguirlo cronometrar el tiempo que debemos permanecer en la postura, ni con el reloj, ni contando nuestras respiraciones o los latidos cardíacos. Al principio, sin embargo, pueden ser necesarias estas mediciones; pero no debemos apegarnos a ellas. Está en la esencia del yoga trascender la medición cuantitativa para entrar en la infinitud.
Si no nos esforzamos suficientemente, nos reducimos a nosotros mismos; si nos esforzamos demasiado, nos violentamos. El límite se halla entre una y otra situación. Es un lugar vigorizante; pero puede dar mucho miedo: todos sabemos lo que se siente cuando nos acercamos al borde de un precipicio; en el yoga, está aquí, en el límite, en el borde del precipicio donde reside la fertilidad.
Mediante la práctica debemos aprender a encontrar nuestro límite, el límite de la postura. Cuando lo hayamos encontrado es cuando podremos mantener, permanecer, permitirnos a nosotros mismos estar inmóviles, receptivos. Entonces es cuando descubrimos que el límite se mueve, se incrementa espontáneamente nuestra capacidad. Así es como va aumentando. Así es como maduran nuestra práctica y nuestra capacidad.
Enfocar nuestra práctica como una exploración nos ayuda a desarrollar la sensibilidad sincera que pone de manifiesto nuestro límite. Significa entrar en cada postura simplemente para descubrir lo que hay.  Para descubrir nuestro cóctel actual de tensión, libertad, embotamiento, vitalidad, movimiento, estancamiento, etc. Para descubrirlo, reconocerlo, aceptarlo y expresarlo, completamente. Está en la naturaleza de la vida que lo que pueda ser por completo  sí mismo cambiará. O crecerá o se disolverá. De este modo mejora el yoga nuestra vida: haciendo posible que madure lo que contiene potencial, y que pase lo que ha llegado a su apogeo.
No es necesario que nos impongamos un destino predeterminado. Esto puede resultarnos difícil. Es grande la tentación de quedar atrapados por la descripción conceptual de la postura, o seducidos por la capacidad de otras personas. Pero no nos sirve de ayuda. Somos lo que somos. Sólo cambiaremos según nuestra capacidad verdadera. No durará ningún cambio que impongamos a nuestra capacidad, y además puede causar problemas. Debemos tener paciencia y ser sinceros, en nuestra práctica y en nuestra vida. Debemos aprender a actuar por amor, no por deseo. Estar dispuestos a encontrar la belleza y el valor de lo que hacemos, de lo que somos, en vez de ignorar lo que somos, de negarlo o de que nos moleste, mientras perseguimos algo de lo que nos han hablado o que hemos visto: tal vez no sea para nosotros.
Descubriendo el potencial del límite aprendemos que la fuerza es completamente innecesaria en el Hatha Yoga. Las propias técnicas están cargadas de energía. No necesitamos añadirle más con nuestra impetuosidad e impaciencia equivocadas. Es peligroso usar la fuerza para superar apresuradamente nuestras limitaciones actuales. No sólo por el riesgo de lesionar por sobreestiramiento los músculos, tendones y ligamentos, sino porque también fomenta una sensación de ineptitud, de incapacidad, que genera un sentido codicioso de que debemos tener más de lo que tenemos. Además, santifica la ansiedad mediante la cual se manifiesta la codicia.De cara a mejorar la flexibilidad no sirve de tanta ayuda como podría pensarse. Es cierto que trascendiendo nuestros límites conseguimos alargar las fibras musculares; pero sólo momentáneamente. Si no se mantiene este impulso en nuestra práctica diaria, el efecto global a la larga es un acortamiento equivalente al alargamiento alcanzado. Porque el resultado mecánico del estiramiento excesivo es un acortamiento compensatorio: un aumento de la tensión. Si en vez de eso respetamos nuestro límite y utilizamos la inteligencia celular para liberarnos de nuestras limitaciones sin aplicar ningún esfuerzo, descubrimos que no tenemos que mantener una práctica diaria intensa para mantener nuestra flexibilidad. La flexibilidad conseguida con inteligencia celular es más penetrante que la que resulta de la fuerza.
Pero, aparte de con la capacidad física, el límite se relaciona con otros elementos. Más profundamente se halla el lugar donde se encuentran todas las polaridades y donde se resuelven entre sí. Es el espacio de la disolución, la rendición, donde el yo y los otros se unifican; donde nuestro ego se funde en nuestro yo, donde nuestra estructura condicionada se fusiona con nuestra verdadera naturaleza. Este lugar da verdadero miedo al ego, que depende de que sigan bien marcadas las separaciones dualistas del yo y los otros, de dentro y fuera. Cuando alcanzamos el límite, todo se vuelve borroso. Esto produce ingentes cantidades de resistencia. El ego no quiere perder el poder. Pero para degustar los frutos del yoga es esto lo que debemos permitir que suceda.Tenemos que estar dispuestos a llegar hasta el límite y a renunciar a nuestra resistencia, a quedarnos allí, justo en el límite. Luego podemos entrar en el espacio iluminado del yoga. Esto es lo que se conoce como “morir en la postura”. Es necesario para que madure el fruto del yoga. Se trata de algo que puede suceder en cualquier momento. No es cuestión de esforzarse durante años y años de práctica, y luego, quizá, un día, si se trabaja mucho, poder vislumbrar nuestra verdadera naturaleza, nuestra verdadera condición. Ya está aquí. No requiere grandes realizaciones por nuestra parte. Si deseamos conocerla, sentirla, serla, debemos morir para nuestro ego, nuestro sentido de nosotros mismos como un centro continuamente aislado. Llegando al límite de una postura, se nos da la oportunidad de hacerlo, momentáneamente.
Podemos conseguirlo siempre que queramos. Basta soltar la resistencia, abandonar el miedo y sentir como el cuerpo y la mente se desprenden de lo que se les ocultaba.
Por supuesto, esta muerte no puede ocurrir si intentamos forzar nuestro límite para conseguir más movilidad, o para seguir más tiempo en la postura. No es cuestión de espacio o de tiempo. Lo único que así conseguimos es reforzar nuestro ego, dejar que pase de largo la oportunidad de disolver nuestra estructura condicionada en nuestra verdadera naturaleza. A menudo no nos damos cuenta de que es esto lo que estamos haciendo, tan tremendo es el poder del ego para trastocar cualquier cosa con tal de mantenerse. Para no quedarse en paro nos incita, con el palo y la zanahoria del “esto no basta, más es mejor”. Quedamos entonces atrapados en la dualidad, en la cual el yo y los otros, y todas las demás polaridades, permanecen separados y antagónicos. Si, no obstante, podemos permanecer impávidos ante las oleadas de la inestabilidad que empiezan a levantarse cuando nos hallamos en el límite, descubriremos de qué trata el yoga. Cuando permanecemos justo en el límite, el desafío que supone para el ego le hace flaquear. Cuanto más tiempo permanecemos en él, más se incrementa el desafío. Cuanto más se incrementa el desafío, más y más se desestabiliza el ego: cada vez le parece más difícil mantener su presencia sólida, constante. Esto puede dar mucho miedo, y a medida que seguimos adelante, incluso resultar aterrador. Pero es el ego, y sólo el ego, el que tiene miedo, el que siente terror. A nosotros nos está reservado algo mejor. Si podemos vencer esta resistencia a que perezca nuestro ego, y nos quedamos como estamos, descubriremos el otro lado. El límite se disolverá y experimentaremos nuestro verdadero yo. Aprender a dejar que esto suceda en realidad es la esencia de todas las prácticas espirituales. El Hatha Yoga está concebido para ofrecernos esta oportunidad una y otra vez, de muchas maneras distintas.Cada asana tiene su propio límite. Cada límite es una puerta que conduce a nuestro verdadero yo. Se abre sola; todo lo que tenemos que hacer es llegar al umbral y permanecer allí, resistiendo el enorme impulso de retirarnos, o la sutil demanda de resolverlo por la fuerza.
Yoga Dinámico, Godfrey Devereux,  Editorial Tutor.

Clases regulares Yoga y Eutonía // Chascomús

Clases de Yoga y Eutonía Espacio Reverdeser - Chascomús ¿Cómo son las clases? La primera parte de la clase está enfocada en una propuesta de...