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lunes, 22 de julio de 2019

¿Qué es el Puerperio?


Para reflexionar sobre el puerperio (1) es preciso abordar situaciones que no son ni tan físicas, ni tan visibles, ni tan concretas, pero no por eso son menos reales. En definitiva se trata de lo invisible, del submundo femenino, de lo oculto, de lo que está más allá de nuestro control, más allá de la razón para la mente lógica. Para hablar del puerperio, tendremos que inventar palabras u otorgarles un significado trascendental. Es oportuno considerar el período puerperal como un tránsito que dura entre dos y tres años, mientras nuestro campo emocional está compartido fusionalmente con el campo emocional del bebé. Es un tiempo en el que esa díada constituida entre nosotras y nuestro bebe navega un mar con sus propias leyes: lentas, silenciosas, curvas, íntimas y misteriosas. Durante este proceso el mundo concreto nos queda lejos. Esta experiencia puede traer consigo alteraciones precipitadas de la conciencia, abriendo un canal de percepciones extrañas que resultan innombrables para quienes nos hemos convertido en madres. De hecho después del parto, invariablemente las mujeres lloramos desconsoladas preguntándonos “¿quién soy?”, “¿qué me pasa?” y “¿qué he hecho yo para merecer esto?”. La certeza de haber enloquecido para siempre es mayor en la medida en que anteriormente nos hayamos identificado con aspectos relativos a la acción y la eficacia en nuestro desempeño cotidiano. Esto es especialmente sorprendente en las mujeres ordenadas, activas, cumplidoras, puntuales, exitosas y pensantes.  Para colmo, en la medida que hayamos previsto y organizado con anticipación el funcionamiento del futuro vínculo con el hipotético bebé, el desconcierto es francamente aterrador. Sobre todo en los casos en que participamos seriamente en una preparación racional para el parto, seguimos puntillosamente todos los ejercicios, el parto en sí resultó medianamente satisfactorio y todo hacía suponer que la presencia del bebé continuaría con un desarrollo previsible. El problema para las madres recientes es aprender a sumergirnos simultáneamente en la inmensidad de nuestro campo emocional para luego emerger al mundo concreto (trabajo, dinero, preocupaciones cotidianas) y regresar una vez más al ritmo susurrante del bebe, en una danza para la que no tenemos entrenamiento. Mundo racional y mundo sutil. Mujer emprendedora y madre paciente. Acción y espera. Decisión y leche. El puerperio puede ser enloquecedor o puede ser una bendición. Depende si estamos dispuestas a sumergirnos en las aguas de nuestro yo desconocido. Y si buscamos sostén para la travesía.
Laura Gutman
(1) La visión clásica y médica lo define como el periodo de tiempo que va desde el momento en que el útero expulsa la placenta hasta un límite variable, generalmente 6 semanas, en que vuelve a la normalidad el organismo femenino. Se caracteriza por una serie de transformaciones progresivas de orden anatómico y funcional que hacen regresar paulatinamente todas las modificaciones gravídicas (involución puerperal). Tras un parto, siempre quedan señales indelebles que indican que lo hubo, aún después de muchos años, sobre todo si el parto fue intervenido.
La involución, especialmente del aparato genital, y el establecimiento de la lactancia, son los hechos más característicos del puerperio, condicionando en general esta última que no se recupere el ciclo menstrual hasta al cabo de unos meses, incluso años, si la lactancia es a demanda y prolongada.

Este periodo de tiempo se divide clásicamente en:

Puerperio inmediato: las primeras 24 horas.
Puerperio precoz o propiamente dicho: desde el 2 al 7‑10 días (primera semana).
Puerperio tardío: hasta los 40‑45 días (retorno de la menstruación)

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Fusión emocional

El período inmediatamente posterior al nacimiento es la etapa que más impresiona en la constitución del ser humano. Aquello con lo que se encuentra es lo que luego sentirá que es la naturaleza de la vida. Al abandonar la más completa hospitalidad que ofrece el útero materno, necesita llegar a un solo lugar: los brazos de su madre.
Mientras permanecen en el útero materno, los bebés oyen los latidos del corazón de su madre, su voz, las voces de otras personas y los ruidos del entorno. Oyen los ruidos del cuerpo materno digiriendo la comida, riendo, hablando, cantando, respirando, y se van adaptando, de un modo similar a como lo han hecho nuestros antepasados durante millones de años. En el momento de nacer, además del impacto que supone comenzar a respirar por los pulmones que se llenan de aire, el bebé pasa también de un ambiente húmedo a uno seco, experimenta un descenso de la temperatura en el entorno, y además los sonidos ya no están amortiguados. Para colmo sufre un cambio radical en su postura: ya no se encuentra cabeza abajo, sino que estará acostado o con la cabeza más alta que el resto de su cuerpo. Pero en buenas condiciones, el bebé puede soportar e integrar estas nuevas sensaciones con serenidad y placer.
Durante millones de años los bebés recién nacidos han mantenido un estrechísimo contacto corporal con sus madres. Y aunque en los últimos siglos a los bebés se los esté privando de esta invaluable experiencia, cada nuevo bebé que nace espera encontrarse en ese mismo lugar.
El niño amparado y fusionado sabe que obtendrá lo que necesita. Ésa es su experiencia cotidiana, que se repite a cada instante y que conforma una rutina sin sobresaltos. La seguridad interior se establece y posiblemente ya no se mueva nunca más de las entrañas de ese ser. Sentirse seguro, amado, tenido en cuenta, estable y con total confianza en sí mismo y en los demás… es obviamente el tesoro más preciado para el despliegue de su vida futura.
¿Cómo sanar si ha habido falta de fusión emocional? Sabiendo que nunca es tarde. Si un niño de tres años pide a su mamá que lo alce en brazos, es porque lo necesita. Si ya no es “adecuado” para su edad, no importa, en apariencia lo sigue necesitando, pues tal vez no lo obtuvo suficientemente cuando era aún más pequeño. A lo largo de toda la infancia, es decir, hasta los catorce o quince años, los niños son capaces de reclamar lo que precisan. Por lo general requieren presencia, caricias, cercanía con el cuerpo de sus padres, mirada, atención y dedicación. Eso es todo. Es muy simple.
Si un niño de ocho años llora porque no quiere quedarse solo en la escuela, es lo que le hace falta. Merece que alguien de su confianza lo acompañe. Tal vez no estuvo suficientemente acompañado en el pasado.
Nadie pide lo que no necesita. A medida que pasan los años, esas necesidades no satisfechas siguen operando con la misma intensidad que en sus comienzos. Pero los adultos estamos cada vez menos dispuestos a comprender los mensajes, sobre todo repitiendo la frase “Ya eres mayor”, o una de peor categoría: “Eso es una regresión”.
Sin embargo, cuando devenimos adultos, exploramos diversos caminos de sanación, y en todos ellos, la consigna es “regresar”. Todas las terapias y sistemas de búsqueda personal están basados en la capacidad de regresar a los lugares que han quedado vacíos de afecto y de cobijo. La experiencia de recordar las vidas pasadas, el propio nacimiento en esta vida y las vivencias de la primera infancia, más todas las técnicas de respiración y de meditación, las técnicas corporales de todo tipo, la astrología, las técnicas de adivinación y todas las estrategias intelectuales desde Freud hasta la fecha suman casi todo el abanico de modalidades al alcance de los adultos que desean comprenderse un poco más. Si utilizamos cualquiera de ellas, necesitamos regresar. Porque regresar es entrar una vez más en fusión emocional. La fusión emocional cura. La fusión emocional sana.
Del libro Mujeres visibles, madres invisibles, de Laura Gutman. 

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